Para saludar, como el hombre formal que es, el economista Ricardo Ffrench-Davis se pone de pie. Entonces despliega su metro y 86 centímetros de estatura. Y extiende una mano. Es delgadísimo de contextura; “este último tiempo he bajado como 10 kilos”, explica. Está en la misma oficina que ocupa desde 2008 en la Facultad de Economía y Negocios (FEN) de la Universidad de Chile. Se ubica en un piso 15, y un ventanal enorme le da una vista panorámica hacia la zona oriente de Santiago. En los muros, muchísimos libros.
Ffrench-Davis, un economista reconocido, con sensibilidad de centroizquierda y considerado un disidente de los llamados Chicago Boys -con quienes compartió formación académica tanto en esa universidad de EEUU como en la UC en Santiago-, tiene 90 años. En abril, la exrectora de la Universidad de Chile, Rosa Devés, lo nombró profesor emérito. Y el 2026 siguió movido para él, con la publicación de dos libros en septiembre: la séptima versión de Reformas económicas en Chile -uno de sus textos más celebrados, que ahora actualizó hasta el 2024, recorriendo 51 años de la historia económica nacional- y un compendio de sus conversaciones con una exalumna, Andrea Costa-Allendes, donde recorre su vida. Ese libro se llama El otro economista de Chicago, y allí hay mucho de lo laboral y poquísimo de lo personal, aunque él ha dicho que esto es lo más cercano que llegará a algo parecido a sus memorias. Es un tipo reservado, al que no le gusta entrar en territorios más íntimos que lo alejen de su pensamiento o su trabajo económico. En esta entrevista hacemos el intento de traspasar la barrera.
- ¿Cómo se mira la vida a los 90?
- Bueno, está el tema de los recuerdos y el qué puedo hacer hoy y en el futuro, en lo cual uno ha pensado menos. Uno está más en el día a día. Y eso que en mi trabajo siempre está la visión de largo plazo, mi preocupación de Chile era qué les pasará a los ciudadanos en 10 años más. Pero no estaba mirando qué voy a hacer yo después.

- ¿Cuál es su relación con la vejez? El abanico es amplio: desde la humilde aceptación hasta la rebeldía…
- Lo primero es cuándo la empecé a sentir. A los 80 aún me sentía con mucha fuerza, y diría que a los 85, 86 empecé a sentir algunas debilidades. Desde hace cinco años se me olvidan a veces las fechas, y yo antes tenía 1.500 millones de números en la cabeza. Pero es natural en alguien de mi edad, no es que tuve mala suerte.
Cuenta que ya hace algunos años dejó de dictar clases. En la FEN las impartió -en un curso semestral de economía- hasta 2017. Las que daba en la Facultad de Ingeniería las finalizó hace ocho años. Y las que hacía en el Instituto de Estudios Internacionales de la universidad terminaron en marzo de 2023. “En estas dos últimas instituciones de la Chile yo había sido invitado a hacer clases durante la dictadura -señala-. En ese tiempo, todos mis compañeros en Cieplan estábamos medio en peligro, pero a ninguno nos tocaron. A los que vivían en casa les dejaban una ventana abierta, cosas así. Yo de casado siempre viví en departamento, así que no sufrí eso. Pero era una persona que estaba prohibida en la FEN. En contraste, en Ingeniería empecé a hacer clases en 1982, en el Magíster de Economía que estaba en calle República. Dos años después me llegó invitación del Instituto de Estudios Internacionales. En ambos lugares fui profesor titular. En el Instituto seguí haciendo clases hasta hace tres años. En los últimos años sólo inauguraba dos magísteres durante una semana. La última vez fue en marzo de 2023, ya había conversado antes con la coordinadora para que, por favor, no me invitara más y yo no me tentara de aceptar otro año”.
- ¿Y qué sintió ese marzo de 2023 cuando dio esa clase sabiendo que era la última? ¿Se emocionó?
- Sí… pero eran como dos charlas y ya. En cambio cuando terminé las otras clases, en las que daba 20 o 22 sesiones, sí pensé: “Pucha, qué duro esto”.
Hoy, el profesor emérito -“estoy muy agradecido con la universidad por esta distinción”, recalca- va a su oficina de la FEN tres días a la semana: lunes, martes y jueves. Llega cerca de las 11 horas. Está allí hasta las 17 horas. Aunque puede ser más: “A veces mi señora me dice ‘mira, voy a hacer tal cosa’, entonces me quedo acá y puedo llegar a las 8 a la casa”.
En esta oficina lee de actualidad, habla con otros profesores, interactúa con alumnos que lo van a ver y sale para participar en eventos de la Facultad. El jueves de esta entrevista, por ejemplo, había ido a mediodía a un seminario sobre AFP. “Son otro tipo de actividades las que hago ahora, porque antes pensaba alguna cuestión y me largaba a escribir. Hoy es difícil. Estoy en un período de ajuste; la salud y la fuerza no son las mismas. Además tenemos una urgencia familiar, pero de esos temas mejor no conversar”, dice, y no da detalles.
"Desde hace cinco años se me olvidan a veces las fechas, y yo antes tenía 1.500 millones de números en la cabeza. Pero es natural en alguien de mi edad, no es que tuve mala suerte".
“No peleábamos”
Ricardo Ffrench-Davis se tituló de ingeniero comercial en la Universidad Católica en 1962. Su trayectoria profesional incluye Cieplan -donde fue cofundador-, director de estudios del Banco Central a principios de los ‘90, profesor universitario -primero en la UC, luego en la Universidad de Chile-, asesor en la Cepal y representante de los Presidentes Lagos y Bachelet en el grupo internacional de la Iniciativa de Hambre y Pobreza, entre otras ocupaciones.
Estuvo en tres oportunidades en la Universidad de Chicago, donde obtuvo el magíster (1961) y luego el doctorado (1971) en Economía. Allí estudiaron los economistas conocidos como los Chicago Boys, muchos de los cuales -como Rolf Lüders, Ernesto Fontaine, Sergio de Castro, Pablo Baraona- se ubicarían en la vereda contraria a la de Ffrench-Davis: mientras ellos armaron el modelo económico que sostuvo el régimen militar, él se mantuvo en la oposición. Crítico del modelo neoliberal, ha repetido que los índices económicos en los años de Augusto Pinochet -como el porcentaje de crecimiento, que él ubica en un magro 2,9% anual- no son buenos como se ha dicho.
“Allá en Chicago uno compartía mucho”, recuerda. Pero después del Golpe, agrega, “ya no nos encontrábamos, hubo mucho aislamiento”.
- ¿Nunca le ha molestado ser considerado el disidente de los Chicago Boys?
- No, porque soy disidente. Soy el otro economista de Chicago, como dice el libro. Y algo que me gusta mucho y que encontró la Andrea (Costa-Allendes) es que hay gente entre ellos que dice: “A este gallo le fue mejor que a nosotros allá”.
- ¿Discutieron alguna vez, o más bien mantuvieron cierta cordialidad como la que tuvieron en EEUU o en la UC?
- Yo no recuerdo una discusión a gritos con ellos. Me trataron bien. Cuando regreso a Santiago, la Facultad estaba a cargo de la primera generación que había ido a Chicago. Los fuertes ahí eran Fontaine y De Castro, con personalidad, mandones. Yo llego por ahí en septiembre del 61 y De Castro me invita a que sea su ayudante de Estadística. Yo había sido el jefe del grupo DC de la Facultad y Baraona el jefe de los conservadores de la universidad. También Ernesto me invita a que sea su ayudante en Teoría de los Precios; él debe haber sabido cómo me había ido de bien allá en ese curso. El profesor Harberger, que es como el gran papá de ellos, les debe haber contado. Estoy agradecido de eso.
- Pero se ubicaron en orillas muy distintas para mirar la economía…
- Hablábamos poco de política. Teníamos muy poquito tiempo. Más bien era: mira este curso, mira tal paper, tal cosa y qué sé yo. Conversábamos de eso. Podíamos tener diferencias, pero no peleábamos.

“No es una frustración”
- Si mira por el espejo retrovisor lo que ha sido su larga ruta personal y profesional, ¿hay algo de lo que se arrepienta?
- Sí, sí. Una cosa, como ahora estamos en edades, es que se va muriendo gente y digo “qué pena que no lo llamé, que no fui a verlo de nuevo”. Como a don Gabriel Valdés, yo lo admiraba mucho. Se acaba de morir Osvaldo Sunkel. Lo mismo con Humberto Vega, que se murió cuando yo estaba de viaje; llegué el día del entierro.
- ¿Y en lo profesional, algún arrepentimiento?
- Creo que he cometido muchos errores, pero también era muy cuidadoso; o sea, me gustaba hacer las cosas bien, no para que me alabaran, sino para quedar contento conmigo mismo. Para que se lograra el propósito en el cual me embarqué, en los proyectos con implicancia social y en la buena economía, la que crece incluyendo.
- ¿Algo específico que haría de otra manera?
- Probablemente pensé poco en los cargos… Mucha gente en la calle me decía que por qué no fui ministro de Hacienda (bajo el gobierno de Aylwin). Pero yo me sentía más en el Banco Central y con Alejandro (Foxley) de ministro de Hacienda. Trabajamos mucho. ¿Y era un Banco Central autónomo? Sí, pero conversamos todo, pero todo, y lo acordábamos.
El nombre de Ricardo Ffrench-Davis se propuso en tres oportunidades para ser consejero del Banco Central. La primera vez lo rechazó él, porque dice que -como se iniciaba recién la transición a la democracia- su nombramiento tendría que haber llevado la firma de Pinochet. “Carlos Cáceres niega que él haya aceptado mi nombre. Pero Alejandro (Foxley, quien acordó con Cáceres los nombres de los consejeros) me dijo: ‘Carlos Cáceres te aceptó, dijo que tenía muchas diferencias contigo, pero te respetaba’. Que lo niegue es una tontera, una bajeza. Pero gracias a que no acepté, me pusieron de director de estudios del banco, que era la única cosa de economía allí adentro”. En los años siguientes fue propuesto en otras dos oportunidades como consejero, pero su nombre se bajó a última hora. “Muchos me han dicho que por qué no me moví más en ese tema, pero no lo hice”, comenta. Él mismo lo reconoció en su libro de conversaciones: “No va con mi carácter, pues uno de mis eventuales defectos es que no soy luchador por mí, sino por las ideas e ideales”.
"Probablemente pensé poco en los cargos… Mucha gente en la calle me decía que por qué no fui ministro de Hacienda (bajo el gobierno de Aylwin). Pero yo me sentía más en el Banco Central y con Alejandro (Foxley) de ministro de Hacienda".
- ¿Y le habría gustado ser ministro?
- Creo que podría haber sido buen ministro… pero habría tenido que pensarlo, con quiénes iba a estar, qué subsecretarios, cuál sería mi espacio… Pero creo que una dupla con Foxley habría sido muy buena para Chile.
- ¿Foxley en Hacienda y usted en el Banco Central?
- Claro.
- ¿Como presidente del Central?
- Claro.
- Que eso no ocurriera, ¿es una herida que quedó?
- No es una frustración.
- No fue ministro ni tampoco consejero del Central, pero en 2005 recibió el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales…
- De eso estoy muy orgulloso, muy feliz; no estaba en mis aspiraciones. El premio mete a la economía como una ciencia social, aunque lamentablemente cada día es menos social su enseñanza.
Aún DC
- Con la cantidad de cosas en su trabajo, ¿hacía algo más que pensar en economía?
- He sido muy tirado a la economía, pero me interesaba la política.
- Ingresó a la DC en 1958, un año después de la fundación del partido. ¿Sigue militando?
- Sí.
- Debe ser de los militantes vivos más antiguos de la DC.
- Sí. Entre los 10 más antiguos.
En el libro El otro economista de Chicago, Ffrench-Davis cuenta que fue simpatizante falangista ya desde el colegio (estudió en el Saint George). Allí cuenta: “En el colegio, cuando tenía 14 o 15 años, llegó a mis manos la revista Política y Espíritu. Me interesó mucho y empecé a leer artículos de personalidades como don Eduardo Frei M., Jaime Castillo, Radomiro Tomic, Julio Silva Solar, Alejandro Magnet, Oscar Pinochet y Jacques Chonchol. (…) Me acuerdo de cuando vivía con mis padres en una parcela cerca de San Bernardo fui a una concentración en la que don Patricio Aylwin era candidato a regidor por San Bernardo, en los años 1950”.
- Uno de sus grandes referentes es Patricio Aylwin. En el libro de conversaciones dice que se emocionó cuando él asumió la presidencia en ese acto en el Estadio Nacional.
- Fue muy emocionante, sobrecogedor.
- A partir de ese momento, usted, que siempre se había declarado valdesista, se convierte en aylwinista…
- Uno puede tener dos admiraciones o más. Cuando vi a Aylwin ese día pensé “es un hombre que va a poder mandar”. Y estaba bien: después de un mandón, necesitábamos un buen mando.
- ¿Dónde se ubica hoy políticamente?
- Soy un DC pasivo. Ya no estoy en edad de asamblea. He ido a algunas reuniones. Hay un grupo de militantes de Las Condes donde participo.
"Soy un DC pasivo. Ya no estoy en edad de asamblea. He ido a algunas reuniones. Hay un grupo de militantes de Las Condes donde participo".
- Pero hay otro extra a la economía que también ha practicado con gusto: los viajes. Los últimos veranos a Uruguay, algunas semanas en Europa. ¿Hoy es un viajero en reposo?
- Estamos en pausa forzada, por mi señora. O sea ya no fuimos a Nueva York, que íbamos en abril. A Punta del Este sí fuimos en el verano. Íbamos una semana a Buenos Aires y ya no pudimos ir. Ahora suspendimos Milán y París. Reservamos para abril y mayo próximos. El doctor dijo que podría ser.
Con cuidado
“Todavía no me he caído en la facultad”, responde espontáneamente Ffrench-Davis a la pregunta de cuánto tiempo más piensa estar en la FEN. “Donde sí me caí fue a la salida de un concierto que fuimos con mi señora (en la Gran Sala Sinfónica, que la Universidad de Chile abrió el año pasado). Me caí afuera, porque se estacionan los autos y no se ve bien la cuneta. Iba hablando no me acuerdo con quién y me fui al suelo. Tuve suerte, porque no me pasó nada”.
Se cuida, entonces, para evitar caídas. “Lo que pasa es que me he puesto tiritón. O sea, de repente, en el momento de levantarme de la silla, no puedo afirmar la pierna derecha. Entonces si voy a estar dos horas sentado, debiera levantarme a la hora y subir, bajar, subir escalones, bien sujeto a la baranda. En la casa tenemos de esas cosas que usamos donde vamos a hacer gimnasia”, cuenta. En un momento de la entrevista, cuando ya ha pasado un buen rato de conversación, dice que le empiezan a molestar las piernas: se pone de pie y camina varias veces, de ida y vuelta, entre su escritorio y la puerta de salida.

Le suena el celular. “Sólo contesto si es mi señora”, dice. Ffrench-Davis nunca da datos de ella, porque también es de muy bajo perfil. De hecho, no va a casi ninguna de las actividades públicas de él. Algo de información hay en el libro de conversaciones: que se llama Marcela Yampaglia, que es enfermera, que se conocieron en 1962 en una escuela de verano en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, que se casaron en 1966 y que ese mismo año partieron juntos a la segunda estadía del economista en Chicago, tiempo en que ella trabajó en el hospital de esa universidad.
Lo más personal a lo que Ffrench-Davis llega en esta entrevista en su oficina es cuando se refiere a sus hermanos. “Para mí, estudiar en la universidad no era una seguridad. Mis tres hermanos, dos mayores y uno menor que yo, no estudiaron en la universidad. Tuve una suerte tremenda”. Recuerda que su hermano mayor fue un buen alumno en el Liceo Lastarria y después quiso estudiar Medicina, “pero no se pudo por razones económicas”.
- Usted no tiene hijos. Sus herederos, lo que perdurará en el tiempo, ¿serán entonces su pensamiento económico, sus aportes en esa materia, su influencia en el debate?
- Tiene ventaja lo escrito, y ese libro sobre medio siglo de política económica en Chile.
“El ministro de Hacienda es muy cuadrado”
- Si mira el país, ¿hay algo que le preocupe especialmente?
- Que el Gobierno es primitivo. Y que el ministro de Hacienda es muy cuadrado en temas macroeconómicos. Hay otros que son gente que sabe de su área: el ministro de Vivienda y el ministro de Obras Públicas.
- Cuando se refiere al ministro Quiroz como cuadrado, ¿se refiere a inflexible?
- Sí. No se sale de su marco.
- ¿Y cuál es su diagnóstico económico?
- Hay algo que yo enfatizo mucho por todos lados: no confundas reactivar una economía con crear nueva capacidad productiva. La nueva capacidad necesita nuevos trabajadores, más capacitados, nuevos equipos, maquinaria, nueva infraestructura, nueva agilidad estatal, etc. Todo se nos fue trancando. El problema es cuando tú tienes subutilizada la capacidad instalada. Ayer escuché que este año vamos a ir a cero de crecimiento, pero se habla de que teníamos capacidad de 2% y la tasa de inversión no se fue al suelo. Si la capacidad crece 2% y el producto efectivo sólo crece 0,5% o menos, hay cerca de dos puntos totalmente disponibles para el 2027; y mano de obra tenemos 9,8 puntos. Es cuestión de meterle demanda agregada. Entonces el PIB efectivo puede aumentar perfectamente 3,5% el próximo año gracias a la reutilización de la capacidad ya instalada. El potencial o capacidad instalada siguen trancados en el 2%.